El pasado lunes, día de la Segunda Pascua, pude participar, una vez más de la Eucaristía en pequeña comunidad. Pequeña, en el sentido de próxima, participativa…pero éramos un buen número de personas las que nos reunimos alrededor del altar. Personas de diferentes lugares que nos unía el hecho de ser creyentes y que compartimos la celebración de Pentecostés como comunidad.
El altar, también próximo, al alcance y con el rescoldo de la mesa preparada con cuidado y dedicación. Tocando al pie del altar, una cesta llena de frutas variadas y de colores vivos, acompañaban el sentido de los dones de cada persona y la diversidad de los que conformamos la Comunidad. Al acabar la celebración, cada cual pudo elegir una fruta para llevarse a casa, como signo de la celebración de Pentecostés y de los dones recibidos.
El equipo de liturgia también prepara estas celebraciones y elige con rigor, cuidado y especial atención los símbolos, los textos, las canciones, la dinámica para trabajar el evangelio, los diferentes momentos para poder estar en silencio e incluso hacer una danza que invita, con el cuerpo, a conectar la Vida y la mirada del evangelio.
Agradecerles la tarea que hacen este equipo de gente puesto que somos muchos los que podemos disfrutar y vivir como un pequeño tesoro estas celebraciones y las que cada semana se celebran en la parroquia. Tener este espacio de fe y vida, en nuestra parroquia de Sant Andreu, para poder celebrar y vivir una fe arraigada en la Vida, en el barrio, en el día a día…es un privilegio que tenemos que saber compartir y hacer llegar a los demás.
Carme Calzada




















