El 27 de septiembre celebramos la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, un tiempo de gracia en el que la Iglesia nos invita a alzar la mirada y el corazón más allá de nuestras fronteras y prejuicios.
Recordar a nuestros hermanos inmigrantes y refugiados no es solo hablar de una realidad social o política; es tocar el corazón mismo del Evangelio. La Sagrada Familia —Jesús, María y José— también vivió el dolor del exilio y la incertidumbre al tener que huir a Egipto para proteger la vida del Niño.
Pedimos en esta fecha, a la Virgen María, Madre de los migrantes, que proteja a quienes están en camino, consuele a las familias divididas y mueva nuestros corazones hacia la solidaridad.
Melvin Melgar








